Cada año, desde 1993, las comunidades de El Mozote participan en la conmemoración de las víctimas de la más grande masacre cometida durante el conflicto armado por parte de las fuerzas militares, donde fueron ejecutadas más de mil personas durante los días 11, 12 y 13 de diciembre de 1981.

A través de la celebración de esta conmemoración, las comunidades promueven la reparación y dignificación de las y los sobrevivientes, así como la de los familiares de las víctimas de la masacre. La organización del evento también busca rescatar la memoria colectiva de la comunidad para que la misma perdure y se propague entre las nuevas generaciones como una medida que inspire a la no repetición de los hechos. 

La serie de fotografías que se muestran a continuación corresponden a la conmemoración llevada a cabo el 7 de diciembre de 2019.

 

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En la plaza central del caserío se ubica el monumento histórico en memoria de las víctimas. La representación de la comunidad está caracterizada en una escultura elaborada en metal. En el año 2012, El Mozote fue declarado bien cultural.

 

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Las placas de madera que hace algunos años contenían los nombres de las víctimas, fueron sustituidas por placas de granito. En este lugar fue enterrada Rufina Amaya, la única mujer sobreviviente de la masacre, quien, tras años compartiendo su testimonio, falleció en 2007 de un ataque al corazón.

 

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Eriberta Amaya (derecha), de 63 años, es la hermana de Rufina Amaya, la mujer que logró ocultarse de los soldados en un árbol de manzano y sobrevivió. Eriberta logró escapar hacia Honduras -donde vivió por nueve años- un mes antes de la masacre. En 1983 regresó a El Salvador, luego de que le avisaran que Rufina había sobrevivido. Ambas volvieron a territorio hondureño y no salieron de ahí hasta años después.

 

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Eriberta Amaya y sus familiares viajan desde Lourdes, Colón, para poder asistir a la conmemoración de la masacre. “Esto (la conmemoración) significa una gran cosa para mí, es venir a recordar a mi hermana; vengo a ver la crucita y ya con eso me contento de venir a verla, porque para mí no ha muerto. Uno tiene que recordar siempre a la gente que ha luchado hasta el fin, como ella”, dice.

 


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Organizadores cuentan que la primera conmemoración que se llevó a cabo luego de la masacre fue muy sencilla y contó con la participación de pocas personas, debido a la estela de temor que habían dejado los años de intensa represión. No fue sino hasta 1998, que llegó al lugar un grupo grande de víctimas y familiares para participar de la actividad. Así, poco a poco, y con el apoyo de las organizaciones no gubernamentales, activistas de derechos humanos, miembros de la comunidad internacional, las municipalidades y el gobierno central, la actividad se ha fortalecido a tal punto que es reconocida como un símbolo de lucha por el derecho a la verdad, la justicia, y la reparación a las víctimas de graves violaciones a derechos humanos cometidos durante el conflicto armado.

 

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Familiares realizan una procesión para hacer una ofrenda de flores que concluye en el monumento, en honor a las víctimas de la masacre.

 

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Los participantes de la procesión llevan consigo un arreglo floral o una vela, como símbolo de respeto y de rememoración. Son aproximadamente entre 4000 y 5000 personas las que llegan cada año al caserío para buscar consuelo, reparación o simplemente para no olvidar la historia.

 

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Los niños también son llevados por sus padres o abuelos a las actividades de la conmemoración para reconocer su historia.

 

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Alrededor de 1400 personas son las que lograron huir de El Mozote antes de la ejecución. Cerca de 200 personas que escaparon del lugar ahora habitan en Lourdes, Colón. También se han encontrado sobrevivientes en otros países.

 

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Una mujer reza frente a las placas que tienen los nombres de las víctimas. En 1989 varias organizaciones de sociedad civil llegaron a El Mozote a buscar testimonios de testigos o víctimas de la masacre, pero el lugar estaba desolado. En ese año iniciaron los procesos de repatriación de cientos de salvadoreños y salvadoreñas que se habían asentado en los campos de refugiados situados en Colomoncagua y Mesa Grande, en Honduras.

 

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De acuerdo con información de la Asociación de Derechos Humanos «Tutela Legal Dra. María Julia Hernández», en el año 1992 cuatro personas, entre ellas Rufina Amaya, interpusieron ante un tribunal de justicia la denuncia contra el Ejército por la masacre cometida contra más de mil campesinos de la comunidad de El Mozote y sus alrededores. Actualmente, el caso está siendo conocido por el juzgado de instrucción de San Francisco Gotera y es el primer caso de la guerra que llega a tribunales nacionales tras la abolición de la ley de amnistía en 2016.

 

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El Instituto Salvadoreño para el Desarrollo de la Mujer (ISDEMU), es una entidad gubernamental que trabaja con las mujeres de El Mozote desde el 2013, brindándoles apoyo psicosocial para que ellas cuenten y procesen sus historias, traumas y vivencias a través del arte. El pasado 7 de diciembre de 2019, la institución contribuyó con la realización de un festival de la memoria, donde se realizaron diversas acciones simbólicas cuya finalidad era el apoyar a la reparación y la sanación de las mujeres y sus historias.

 

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En el círculo de sanación participan mujeres que todavía resienten los estragos de la guerra. Ellas realizan una procesión hasta una casa de El Mozote en donde fue lanzada una bomba por los militares. Ahí será construido el Centro de las Memorias.

 

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Como parte de los rituales, las mujeres rezan devocionarios guiados por la orientadora de la actividad. “Yo soy amor, yo soy luz”, repiten constantemente. Deben imaginar que energía de colores emana de su corazón y va al centro del círculo.

 

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Las mujeres transmiten su energía al suelo durante el círculo de sanación. Luego deben imaginar que se forma un tornado con todos aquellos pensamientos negativos o recuerdos que les atormentan y que serán enviados lejos al concluir la actividad.

 

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Algunas de las mujeres lloran mientras se desarrolla el círculo de sanación, al recordar y compartir las duras experiencias que vivieron durante la guerra.

 

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Finalmente, a todas las mujeres les fue entregado un globo con helio, que fue soltado como símbolo de enviar lejos el dolor.

Fuentes: